13 dic 2010

Km 253

Por primera vez en toda está historia de largo recorrido se ha hecho de día durante unos minutos. Y quizá, también, sea el final de este camino.
Un camión pasa haciendo sonar su claxon junto a mi.
Frena precedido por su intermitente derecho parapadeando. Un tipo muy normal, delgado y sin barba se baja y hace un gesto con la mano de saludo familiar.

Sabes la de kilómetros que te he estado observando sin adelantarte para no molestarte, me dice.
La de veces que he pensado en recojerte en la cuneta y devolverte al infierno de donde saliste. La de veces que has metiendo la nariz donde no te llaman pero aún así te he dejado. Y por supuesto, continúa, lo familiar que me resultas después de haber vivido lo que has vivido con todos esos fantasmas de la carretera que tu delirio veía con mi consentimiento para no aparecer y asustarlos.

¿Cuánto tiempo llevas detrás y cuánto has visto? Le pregunté.

En la cabina de mi camión llevo unos temas grabados de Marianne Faithfull que escucho una y otra vez mientras las ruedas de mi camión pisan la graba de la carretera sin ahuyentarte. Quizá flote.

Sé que te manda una mujer de la que no conoces nada excepto su dinero. Sé también lo que te ha pedido, pero tengo un destino y he de llegar, quizá, quizá decida, al final, cuando haya pensado en volver a hablar con ella y contarle porque nunca le regalé flores, ni bombones, ni perfumes de colores, ni perras en celo, ni castañas para asar en la chimenea, ni visones hechos abrigo, ni viajes en globo a la luna en cuarto menguante, ni una revista con su horoscopo siempre diciendo lo buen signo que sería ese día. Si la ves dile que no es el momento del arrepentimiento y que para eso aún queda mucho.
Le contesté.

En tu bolsillo está la foto de su mejilla limpia para besar, pero tan sólo eres una pesadilla que crece según este sueño momentáneo que entra por los pies caminantes y podridos de Kilómetros pero libres. Ahora márchate y no me molestes más. Continué diciendo sin mirarle a los ojos.

El camión arrancó y dió marcha atrás. Volvió al principio, de donde partió, y aunque no lo vi me lo imagino.

km 251

Un, dos, un, dos, un, dos, un, dos, miro el suelo y las puntas de mis zapatos, descubro que uno de mis pies es más grande que el otro. El izquierdo. A simple vista. Quizá después no sea así, pero parece.

15 nov 2010

Km 247´50

¿Papá volverás a casa?

Km 247

Un billete de quinientos dolares revolotea a pocos metros de mi, cuando lo alcanzo lo examino por si es falso pero no consigo saberlo, tiene algo que no termina de convencerme y tengo suerte, porque a pocos metros de mi hay una chica de unos dieciséis años sentada en una silla plegable con una máquina detectora de billetes falsos sobre una mesa. Cuando llego con mi billete en la mano pregunto si es suyo y responde negando con la cabeza.

-¿puedes comprobar si es falso por favor?
-son 50 centavos, me dice.
-no importa, aquí tienes.

Introduce el billete bajo una luz violeta y me lo devuelve sin mirarme a la cara.

-Auténtico, es usted un hombre afortunado.
-¿De cuánto estás? Le pregunto.
-Dieciséis semanas. Es una niña y se llamará Aurora.

Por fin levanta su cara, tímida, me mira a los ojos que le brillan de una manera especial, resultado de la emoción y la alergia ocular de primavera. Su cara es sonrosada y su pelo color zanahoria, un vestido de estampado floral envuelve su hinchada barriga de embarazada mientras muerde barritas de regaliz y deja entre ver sus dientes negros y marfil.

-¿Quién es el padre? ¿Es de por aquí?
-Si, pero ahora está en la guerra, matando. Dice en un inquietante tono neutro.
-¿Matando?
-Si, matando, eso es la guerra ¿no?
-Bueno, quizá, no tenga que matar a nadie.
-Si, tiene que hacerlo, nos lo prometió a su hija y a mi, que mataría enemigos para dejarla un mundo mejor, libre de hombres que desean y hacen el mal.

Mis manos sudan mientras sujetan el billete de quinientos dolares. El papel se deshace y comienza a desteñir, desaparecen el par de ceros del número quinientos.

-¿Por qué me has engañado? Es falso, falso, no es auténtico. Le digo algo irritado.
-Bueno, te lo has encontrado.
-Si pero me cobraste cincuenta centavos y me dijiste que era auténtico.

Ella enmudeció y comenzó a llorar, cubría su cara con las dos manos y me pidió que me marchara, por favor. Recogió su máquina y plego su silla. Intenté ayudarla pero no me dejó. No hay nada peor que ver llorar a una mujer embarazada mientras hace esfuerzos físicos. Pero no hubo manera de hacerla entender que no quería hacerle daño.

-Debo marcharme y no sé tu nombre, le dije.
-Manuela.
-Manuela, yo también tuve un hija. Sé lo que sientes pero lo estás haciendo muy bien, da igual si los billetes son falsos o verdaderos, lo importante es que todo lo que haces es por Aurora y por ti.
-Gracias.

Nos fundimos en un gran abrazo y sus lágrimas mancharon mi camisa, bese su frente y la dejé sentada, de nuevo, frente a su máquina de autentificar dinero. Se levantó para observarme al final de la recta, caminado, y me grito:

-¡Papá, te quiero!

Es obvio que no soy su padre. No soy su padre. Su padre.

12 nov 2010

Km 235

Hay momentos extraños que ocurren un par de veces en la vida. Acabo de entrar en una recta rodeada de un gran bosque de abetos, los árboles se agitan por el viento, suave, mecidos en la noche, coreográficos, silenciosos pero agitados y ese viento tremendo no existe, no existe porque no lo siento, veo como balancea las copas de los árboles pero es incapaz de despeinar mi pelo, de abofetear mi cara. Es un viento húmedo, lo puedo oler en cada paso que avanzo y veo a las ardillas del bosque refugiadas en la cuneta, pegadas al suelo firme con sus patitas moviendo los ojos rápidamente entre lo que dejaron detrás y mi paso acelerado. Es un viento que vuela alto y escucha los recuerdos desde ahí arriba. Por ejemplo:

-hey, escucha esto, mi madre guardaba el chocolate en una caja de metal desgastada por el tiempo. Las onzas se apilaban dentro en distintos tamaños. Esa caja era mágica porque me atraía hasta ella cómo un imán y me decía: ven, coge esa escalera y sube sin miedo, las caídas no importan si el fin es bueno. Y el chocolate merecía la pena y así lo hice, subí hasta la parte alta de la estantería y agarré la caja entre mis manos perdiendo el equilibrio y estrellándome contra el suelo. Tarde horas en caer al suelo, o eso me pareció, el calor subia por mi cuerpo hasta la cabeza y en ese mismo instante sentí dolor. Sobre la caja abierta de chocolate esparcido por el suelo corría la sangre de mi brecha empapándolo todo. Caía de mi cabeza goteando muy deprisa, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop.
La sangre es hipnótica cuando cae de esta manera. Mi madre me levantó del suelo y me abrazó cubriéndome con una toalla con la que limpió mi cara y cubrió mi cabeza mientras me abroncaba entre dulce y pimienta y mi lengua experimentaba un sabor único de sangre y chocolate propio de vampiros golosos.
Subidos en un taxi miraba la ciudad de noche recostado en las piernas de mi madre que me tranquilizaba, pero yo ya estaba muy tranquilo y aquello me gustaba, de camino a urgencias ambulatorias. Tumbado en una camilla la enfermera me preguntaba por los años que tenía mientras pasaba su dedo por mi frente ensangrentada de chocolate y se lo llevaba a la boca y mi madre me daba la mano de sangre enchocolatada y yo me relamía lo poco que ya quedaba alrededor de mi boca y más niños enfermos me olían al pasar y se incorporaban a ver que pasaba y uno de ellos nos seguía pero le hicierón retroceder rapidamente con enfado y esto también es una cosa extraña de las que ocurren un par de veces en la vida. ¿Has oído? Viento.

Continúo caminando para atravesar por fin aquel largo bosque de abetos agitados por un viento sordo que escucha los pensamientos pero sólo aquellos que son más extraños. Las ardillas desaparecen así que me temo que estoy llegando al final de este tramo rectilineo de extraños sucesos que ocurren alguna vez en la vida.

10 nov 2010

Km 234

Tropiezo pero no caigo. Un mal paso.

20 sept 2010

Km 221

Pensaba que ya no quedaban cazadores de osos, que estaban protegidos por el gobierno, pero el tipo que está delante de mi con una mochila a su espalda cargada de pieles es un de ellos, sin ninguna duda.

-¿Oiga, caza usted osos? Es ilegal

-Soy sordo, amigo, los disparos de mi rifle acortaron la vida de mis oídos, así que no le oigo muy bien, me contesta.

Parado con su mochila en el suelo llego junto a él. Nunca había visto una barba tan poblada y sucia, los restos de comida colgaban pegados en su pelo decolorido por el sol y las canas. Parece mayor de lo que quizá sea, es un personaje como en las películas de tramperos. Levantó su gorro para saludar y su calva era blanca como la leche, quizá era la segunda vez que despegaba su sombrero de su cabeza. Extendí mi mano para saludarle, él la suya, me agarró fuerte y mirándome a los ojos me dijo:
El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Y si yo soy el padre, ¿dónde está mi honra? Y si yo soy señor, ¿dónde está mi reverencia?, ¡oh, sacerdotes que menospreciáis mi nombre!, Jeohvah os vigila y os juzgará. Pero vosotros decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan indigno. Pero diréis: ¿Cómo es que lo hemos hecho indigno? Pensando que la mesa de Jehovah es despreciable. Por qué ofrecéis un animal ciego para ser sacrificado, ¿no es eso malo? Lo mismo, cuando ofrecéis un animal cojo o enfermo. Preséntalo a tu gobernador. ¿Acaso se agradará de ti? ¿Acaso se te mostrará favorable?, ha dicho Jehovah de los Ejércitos. Malaquiades y el pueblo de Israel, concluye el trampero.
Y ahora, amigo, no vuelvas a preguntarme sobre la caza de los osos. Quién eres tú para juzgar en mitad de la noche, oculto en está carretera solitaria con tu pasado persiguiendote y el olvido esperandote al final del camino. Vomito sobre el Estado y sus leyes, no están hechas para gente como yo, ni tan siquiera como tú, hombre civilizado, las cremas para la piel que te das cada mañana han enmohecido tu corazón.

Realmente no sabía muy bien como reaccionar. Mi mano seguía extendida y cubierta por la suya. Aspera, caliente y sudorosa, latía como un corazón acelerado. Dejé que resbalara. La guardé en el bolsillo. Caminé hasta dejarle atrás, cubierto por su mochila de pieles que volvía a cargar con gran cuidado en un ritual beneficioso para su espalada supongo. Supongo.