30 jun 2010

Km 161

Miro fijamente a mis pies: primero avanza uno, luego el otro, es imperfecto pero hipnótico. Los kilómetros van pasando y hacía mucho que no me encontraba con una curva tan cerrada. Muy cerrada. Todo lo que voy viendo aparece justo cada vez que doy un paso, es imposible saber que vendrá después, es muy parecido a vivir, yo estuve casado, una vez, con una mujer de piel oscura que olía a rosa de un jardín lejano, tenía una mirada descomunal muy grande que acariciaba y abrazaba y según el día asustaba y la odiaba y hablaba sola en las noches de luna llena como en las películas de terror sicopático e histérico y llevaba un tatuaje que decía te quiero vida mía, esto era por su vida, por supuesto y se bañaba vestida en una piscina pequeña y mal construida que derramaba agua siempre por la derecha y gritaba pronunciando mi nombre constantemente e incluso pronunciándolo al revés porque le hacía más gracia, así que, dije que ya no quería tener un nombre mientras estuviera con ella y me gustaba verla vestida cruzando la piscina bajo el agua en dos o tres largos si sacar la cabeza para respirar y preparaba un bloodymary y una toalla por si salía estando de pie ante ella, cosa que nunca ocurría, y entonces haces la maleta vacía con una parte del billete de avión del último viaje juntos y la llenas de cosas y el corazón te palpita rápido y arrítmico, y sientes calor en los pómulos y te duele la garganta y respiras a la vez por la nariz y la boca pero no sueltas el aire, y sabes que el suelo está más bajo y tú más alto, igual que el techo con la lámpara que nunca te gustó y llamas al teléfono de información horaria pero allí nadie se ocupa del tiempo, de momento, y te pones los zapatos abrochados hiriendo tus dedos indices sentado en una cama fría y cuentas hasta siete o menos, visualizas la puerta y el pomo y el color y el tacto a madera recien barnizada y coges de nuevo aire por la nariz y la boca a la vez, y la curva, cerrada, exageradamente cerrada ha terminado.

28 jun 2010

Km 151

El demonio existe. Ahora está a mi lado, perdido en la noche, como yo, en el arcén de la carretera, caminando a una buena marcha, lanzando su vaho al cielo estrellado, jadeante, pisando el asfalto helado, frío al que no está acostumbrado, temblando como un niño, soñando con el fuego del infierno, con el calor mundano. Nadie le invitó a venir conmigo, no me hacen falta demonios de los que estar pendiente. ¿Qué te asusta Lucifer? ¿la soledad? ¿la noche? ¿el frío? ¿el hombre perdido? ¿ya no te interesan las putas, ni los asesinos, ni los banqueros, ni los vendedores de mayonesa en mal estado? El mal que tu representas es clásico y aburrido, quién podría venderte su alma si se consigue más con un billete de la loto o especulando con un par de pisos. ¿Qué te queda, demonio?
Entonces, aquel demonio me sujeto del hombro, paramos nuestro camino y apenado dijo: me queda rezar, rezar.

Se arrodilló y comenzó a orar en voz muy baja y seca:

Creo en un solo Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros los hombres, bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato,
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo bautismo
para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.

22 jun 2010

Km 131

A partir de aquí sólo voy a narrar lo que suceda en los kilómetros que sean capicúa. En éste, por ejemplo, encuentro tirado en el suelo un trozo de papel blanco que dice Southern Bank, la marca de tinta ha desaparecido borrada por el tiempo y queda un: tírame a una papelera.

18 jun 2010

Km 112

¿Hay algo más extraño que una máquina tragaperras en mitad de la nada? Me acerqué y pude ver como las luces se apagaban y encendían sin parar de manera intermitente e irregular. Busqué detrás y un cable salía hacia el interior de un oscuro descampado de altas hierbas. Lo seguí durante quinientos metros, me cansé de seguirlo y volví. Un hombre delgado de un metro ochenta y unos setenta años con gorro blanco de ala, como los que llevan los ganaderos en el norte de Guatemala, introducía una moneda en la ranura. Su camisa desabrochada dejaba ver su vello canoso en el pecho. Su barba de días le daba un aspecto aún mayor. Sus pies descalzos y negros de la suciedad del suelo se movían al ritmo de la música de la máquina recreativa. Le observé durante un buen rato. No obtuvo ninguna recompensa. Rebuscaba en su bolsillo para conseguir alguna moneda más. Pero lo único que sacó fue una pequeña armónica. Se inclinó hasta ponerse de rodillas frente a la máquina y sopló haciendo sonar “for ever young” de Alphaville. El tema duró unos cinco minutos muy largos y melancólicos: estuve a punto de emocionarme y soltar una lágrima pero pude reprimirme justo a tiempo. Cómo cuando en el cine lloras a oscuras con el final de una película y procuras no dejar ni rastro de las lágrimas antes de que enciendan las luces y todos te vean.
El delgado anciano se inclino y guardo su armónica. Pisé una rama y se volvió tranquilo con el crujido, me miró y levantó su sombrero para saludar, yo también levanté mi mano saludando como si estuviera delante de un extraterrestre. Continúo mi camino, levanta una botella de tequila y brinda al aire con los ojos vidriosos y enrojecidos por pequeños derrames. Siento ganas de volver corriendo hacia mi abuelo ludópata y decirle, aunque sea un espectro, que nunca me olvidé de él como le prometí, mientras moría sólo, que es como mueren todos los que mueren, en su cama del hospital. Ahora si, creo que voy a llorar.

15 jun 2010

Km 101

El sonido queda en el aire, flotando, y viaja con el. Creo que es el momento de dictar un mensaje en voz alta a mi madre para que le llegue con el viento.
Querida madre: no pienses que no has hecho todo lo que tenías que hacer por mi y te lo agradezco, mucho. Por eso, empiezo con querida madre, porque eres querida. Es curioso pensar que hubo un tiempo en que los dos perteneciamos al mismo cuerpo, al tuyo y quiero que se sepas que yo ya sabía quién eras tú: mi madre. Y que hiciste lo posible porque estuvieramos cómodos, tu y yo, así que esto significa que no estar contigo nada tiene que ver con el amor de un hijo hacia su madre. Y claro que me acuerdo de tí siendo mi madre y claro que me acuerdo de unos brazos que me protegían del mundo. Yo me di cuenta de todo lo que hacías por mi desde siempre, desde mi existencia. Oímos juntos el fútbol de tu marido desde la cama de matrimonio. De matrimonio. Donde reposabas por prescripción médica después de preparar la cena abundante para aquel señor que era mi padre. Pero no es un mensaje para él si no para ti: mi madre. Y nunca más los besos que me dabas contendrán tanta energía y tanta densidad y sonarán secos en la noche de un cuarto con cuna de barras desde donde observar el anochecer y el amanecer antes de salir entre tus brazos de nuevo, así que, no, no me olvido de ti.
Como bien, duermo bien, estoy bien madre.

Km 84

Treinta y siete.

Km 74

¿Cuántas hojas de árboles y plantas distintas puedo coger de aquí al km 84?

Km 73

¿Qué hora será en Bali ahora?

10 jun 2010

Km 60

Un coche pasa deslumbrándome. Marca con el intermitente derecho que va a parar justo delante de mi. Acorto mis pasos y un hombre gordo de unos sesenta años baja de la parte trasera del vehículo. Un abrigo negro le envuelve, en su mano lleva un revolver cromado, es bastante bonito. Avanza unos pasos hacia mi. Los dos nos paramos. Me pregunta:

-¿Es usted Wenceslao?

Niego con la cabeza. Vuelve a preguntar.

-¿Lo conoce?. ¿Ha oído hablar de él?

No, digo, ¿le debe dinero? ¿quiere matarle?

-Eso no es asunto suyo amigo, conteste si o no y deje de meter sus narices donde no le importa.

Me importa y mucho, porque si ese tal Wenceslao está por aquí y le debe dinero o ha hecho algo malo contra usted es justo que le vuele la cabeza. Quizá pueda darme el arma y si alguna vez lo encuentro, yo mismo le meteré un tiro en el culo de su parte.

-No creo que eso sea buena idea. Wenceslao es un tipo peligroso, estúpido, pero peligroso. Y usted es una buena persona, tiene cara de buena persona, de vivir en un barrio de buenas personas. Y además nunca reconocería a Wenceslao. ¿me entiende? ¿me ha entendido, amigo?

Cierro mis ojos y escucho como se cierra la puerta del coche y se marcha de allí. Cuando los abro una luciernaga se ha posado delante, en el pié, pensaba que estaban extinguidas en esta zona.

Km 56

Ahora voy rápido con ganas de llegar, de terminar, pronto se me pasará. A veces ocurre en estás situaciones de soledad interminable. Unas ganas locas de acabar con este tipo de situaciones que se apoderán de tu cabeza y el cerebro te dice basta, es duro aguantar, entonces me agacho y protejo mi cabeza entre mis brazos y mis piernas. Nadie me puede ayudar. Ya pasó. Pasará. Es siempre lo mismo. Cuento despacio y me pregunto dónde voy a estar mejor qué en ningún lado. Hoy debe ser el cumpleaños de alguien que conozco, si, de mi hija. Es verdad, de mi pequeña hija, tenía tres años cuando comencé a caminar. Hoy cumplirá cuatro o quizá cien. La luna se camufla tras unas nubes pasajeras que la vuelven a dejar desnuda en cuestión de segundos.

9 jun 2010

Km 53

Una langosta enorme está aplastada en el asfalto. Es increíblemente grande. Mide como la palma de mi mano.

8 jun 2010

Km 44

Huele a neumático quemado pero no veo humo por ningún lado. Quizá alguien esté calentándose. Uno de esos vagabundos de las películas americanas con gabardina de una talle grande, roída y sucia, con un un jersey sobre otro jersey y las manos con guantes de lana con los dedos al aire y una botella de licor en una bolsa de papel pardo reciclado para que los niños no vean lo que está bebiendo y el ejemplo no cunda en las nuevas generaciones y todos sientan unas ganas tremendas de beber y acaben calentándose en una hoguera de neumáticos pestilentes junto a una carretera comarcal viendo pasar un tipo como yo parado en el arcén, levantando la nariz y oliendo como una hiena para descubrir de donde viene el perfume de rueda quemada. Creo que viene de detrás de ese pequeño montículo. Continúo caminando.

7 jun 2010

Km 40

Los pies se hinchan con el paso de las horas. Canto “Angie” muy bajito, muy bajito. Imperceptible. El aire se mueve lento y caliente.