El sonido queda en el aire, flotando, y viaja con el. Creo que es el momento de dictar un mensaje en voz alta a mi madre para que le llegue con el viento.
Querida madre: no pienses que no has hecho todo lo que tenías que hacer por mi y te lo agradezco, mucho. Por eso, empiezo con querida madre, porque eres querida. Es curioso pensar que hubo un tiempo en que los dos perteneciamos al mismo cuerpo, al tuyo y quiero que se sepas que yo ya sabía quién eras tú: mi madre. Y que hiciste lo posible porque estuvieramos cómodos, tu y yo, así que esto significa que no estar contigo nada tiene que ver con el amor de un hijo hacia su madre. Y claro que me acuerdo de tí siendo mi madre y claro que me acuerdo de unos brazos que me protegían del mundo. Yo me di cuenta de todo lo que hacías por mi desde siempre, desde mi existencia. Oímos juntos el fútbol de tu marido desde la cama de matrimonio. De matrimonio. Donde reposabas por prescripción médica después de preparar la cena abundante para aquel señor que era mi padre. Pero no es un mensaje para él si no para ti: mi madre. Y nunca más los besos que me dabas contendrán tanta energía y tanta densidad y sonarán secos en la noche de un cuarto con cuna de barras desde donde observar el anochecer y el amanecer antes de salir entre tus brazos de nuevo, así que, no, no me olvido de ti.
Como bien, duermo bien, estoy bien madre.
Querida madre: no pienses que no has hecho todo lo que tenías que hacer por mi y te lo agradezco, mucho. Por eso, empiezo con querida madre, porque eres querida. Es curioso pensar que hubo un tiempo en que los dos perteneciamos al mismo cuerpo, al tuyo y quiero que se sepas que yo ya sabía quién eras tú: mi madre. Y que hiciste lo posible porque estuvieramos cómodos, tu y yo, así que esto significa que no estar contigo nada tiene que ver con el amor de un hijo hacia su madre. Y claro que me acuerdo de tí siendo mi madre y claro que me acuerdo de unos brazos que me protegían del mundo. Yo me di cuenta de todo lo que hacías por mi desde siempre, desde mi existencia. Oímos juntos el fútbol de tu marido desde la cama de matrimonio. De matrimonio. Donde reposabas por prescripción médica después de preparar la cena abundante para aquel señor que era mi padre. Pero no es un mensaje para él si no para ti: mi madre. Y nunca más los besos que me dabas contendrán tanta energía y tanta densidad y sonarán secos en la noche de un cuarto con cuna de barras desde donde observar el anochecer y el amanecer antes de salir entre tus brazos de nuevo, así que, no, no me olvido de ti.
Como bien, duermo bien, estoy bien madre.
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