Miro fijamente a mis pies: primero avanza uno, luego el otro, es imperfecto pero hipnótico. Los kilómetros van pasando y hacía mucho que no me encontraba con una curva tan cerrada. Muy cerrada. Todo lo que voy viendo aparece justo cada vez que doy un paso, es imposible saber que vendrá después, es muy parecido a vivir, yo estuve casado, una vez, con una mujer de piel oscura que olía a rosa de un jardín lejano, tenía una mirada descomunal muy grande que acariciaba y abrazaba y según el día asustaba y la odiaba y hablaba sola en las noches de luna llena como en las películas de terror sicopático e histérico y llevaba un tatuaje que decía te quiero vida mía, esto era por su vida, por supuesto y se bañaba vestida en una piscina pequeña y mal construida que derramaba agua siempre por la derecha y gritaba pronunciando mi nombre constantemente e incluso pronunciándolo al revés porque le hacía más gracia, así que, dije que ya no quería tener un nombre mientras estuviera con ella y me gustaba verla vestida cruzando la piscina bajo el agua en dos o tres largos si sacar la cabeza para respirar y preparaba un bloodymary y una toalla por si salía estando de pie ante ella, cosa que nunca ocurría, y entonces haces la maleta vacía con una parte del billete de avión del último viaje juntos y la llenas de cosas y el corazón te palpita rápido y arrítmico, y sientes calor en los pómulos y te duele la garganta y respiras a la vez por la nariz y la boca pero no sueltas el aire, y sabes que el suelo está más bajo y tú más alto, igual que el techo con la lámpara que nunca te gustó y llamas al teléfono de información horaria pero allí nadie se ocupa del tiempo, de momento, y te pones los zapatos abrochados hiriendo tus dedos indices sentado en una cama fría y cuentas hasta siete o menos, visualizas la puerta y el pomo y el color y el tacto a madera recien barnizada y coges de nuevo aire por la nariz y la boca a la vez, y la curva, cerrada, exageradamente cerrada ha terminado.
30 jun 2010
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