Hay momentos extraños que ocurren un par de veces en la vida. Acabo de entrar en una recta rodeada de un gran bosque de abetos, los árboles se agitan por el viento, suave, mecidos en la noche, coreográficos, silenciosos pero agitados y ese viento tremendo no existe, no existe porque no lo siento, veo como balancea las copas de los árboles pero es incapaz de despeinar mi pelo, de abofetear mi cara. Es un viento húmedo, lo puedo oler en cada paso que avanzo y veo a las ardillas del bosque refugiadas en la cuneta, pegadas al suelo firme con sus patitas moviendo los ojos rápidamente entre lo que dejaron detrás y mi paso acelerado. Es un viento que vuela alto y escucha los recuerdos desde ahí arriba. Por ejemplo:
-hey, escucha esto, mi madre guardaba el chocolate en una caja de metal desgastada por el tiempo. Las onzas se apilaban dentro en distintos tamaños. Esa caja era mágica porque me atraía hasta ella cómo un imán y me decía: ven, coge esa escalera y sube sin miedo, las caídas no importan si el fin es bueno. Y el chocolate merecía la pena y así lo hice, subí hasta la parte alta de la estantería y agarré la caja entre mis manos perdiendo el equilibrio y estrellándome contra el suelo. Tarde horas en caer al suelo, o eso me pareció, el calor subia por mi cuerpo hasta la cabeza y en ese mismo instante sentí dolor. Sobre la caja abierta de chocolate esparcido por el suelo corría la sangre de mi brecha empapándolo todo. Caía de mi cabeza goteando muy deprisa, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop.
La sangre es hipnótica cuando cae de esta manera. Mi madre me levantó del suelo y me abrazó cubriéndome con una toalla con la que limpió mi cara y cubrió mi cabeza mientras me abroncaba entre dulce y pimienta y mi lengua experimentaba un sabor único de sangre y chocolate propio de vampiros golosos.
Subidos en un taxi miraba la ciudad de noche recostado en las piernas de mi madre que me tranquilizaba, pero yo ya estaba muy tranquilo y aquello me gustaba, de camino a urgencias ambulatorias. Tumbado en una camilla la enfermera me preguntaba por los años que tenía mientras pasaba su dedo por mi frente ensangrentada de chocolate y se lo llevaba a la boca y mi madre me daba la mano de sangre enchocolatada y yo me relamía lo poco que ya quedaba alrededor de mi boca y más niños enfermos me olían al pasar y se incorporaban a ver que pasaba y uno de ellos nos seguía pero le hicierón retroceder rapidamente con enfado y esto también es una cosa extraña de las que ocurren un par de veces en la vida. ¿Has oído? Viento.
Continúo caminando para atravesar por fin aquel largo bosque de abetos agitados por un viento sordo que escucha los pensamientos pero sólo aquellos que son más extraños. Las ardillas desaparecen así que me temo que estoy llegando al final de este tramo rectilineo de extraños sucesos que ocurren alguna vez en la vida.
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