Un billete de quinientos dolares revolotea a pocos metros de mi, cuando lo alcanzo lo examino por si es falso pero no consigo saberlo, tiene algo que no termina de convencerme y tengo suerte, porque a pocos metros de mi hay una chica de unos dieciséis años sentada en una silla plegable con una máquina detectora de billetes falsos sobre una mesa. Cuando llego con mi billete en la mano pregunto si es suyo y responde negando con la cabeza.
-¿puedes comprobar si es falso por favor?
-son 50 centavos, me dice.
-no importa, aquí tienes.
Introduce el billete bajo una luz violeta y me lo devuelve sin mirarme a la cara.
-Auténtico, es usted un hombre afortunado.
-¿De cuánto estás? Le pregunto.
-Dieciséis semanas. Es una niña y se llamará Aurora.
Por fin levanta su cara, tímida, me mira a los ojos que le brillan de una manera especial, resultado de la emoción y la alergia ocular de primavera. Su cara es sonrosada y su pelo color zanahoria, un vestido de estampado floral envuelve su hinchada barriga de embarazada mientras muerde barritas de regaliz y deja entre ver sus dientes negros y marfil.
-¿Quién es el padre? ¿Es de por aquí?
-Si, pero ahora está en la guerra, matando. Dice en un inquietante tono neutro.
-¿Matando?
-Si, matando, eso es la guerra ¿no?
-Bueno, quizá, no tenga que matar a nadie.
-Si, tiene que hacerlo, nos lo prometió a su hija y a mi, que mataría enemigos para dejarla un mundo mejor, libre de hombres que desean y hacen el mal.
Mis manos sudan mientras sujetan el billete de quinientos dolares. El papel se deshace y comienza a desteñir, desaparecen el par de ceros del número quinientos.
-¿Por qué me has engañado? Es falso, falso, no es auténtico. Le digo algo irritado.
-Bueno, te lo has encontrado.
-Si pero me cobraste cincuenta centavos y me dijiste que era auténtico.
Ella enmudeció y comenzó a llorar, cubría su cara con las dos manos y me pidió que me marchara, por favor. Recogió su máquina y plego su silla. Intenté ayudarla pero no me dejó. No hay nada peor que ver llorar a una mujer embarazada mientras hace esfuerzos físicos. Pero no hubo manera de hacerla entender que no quería hacerle daño.
-Debo marcharme y no sé tu nombre, le dije.
-Manuela.
-Manuela, yo también tuve un hija. Sé lo que sientes pero lo estás haciendo muy bien, da igual si los billetes son falsos o verdaderos, lo importante es que todo lo que haces es por Aurora y por ti.
-Gracias.
Nos fundimos en un gran abrazo y sus lágrimas mancharon mi camisa, bese su frente y la dejé sentada, de nuevo, frente a su máquina de autentificar dinero. Se levantó para observarme al final de la recta, caminado, y me grito:
-¡Papá, te quiero!
Es obvio que no soy su padre. No soy su padre. Su padre.
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