20 sept 2010

Km 221

Pensaba que ya no quedaban cazadores de osos, que estaban protegidos por el gobierno, pero el tipo que está delante de mi con una mochila a su espalda cargada de pieles es un de ellos, sin ninguna duda.

-¿Oiga, caza usted osos? Es ilegal

-Soy sordo, amigo, los disparos de mi rifle acortaron la vida de mis oídos, así que no le oigo muy bien, me contesta.

Parado con su mochila en el suelo llego junto a él. Nunca había visto una barba tan poblada y sucia, los restos de comida colgaban pegados en su pelo decolorido por el sol y las canas. Parece mayor de lo que quizá sea, es un personaje como en las películas de tramperos. Levantó su gorro para saludar y su calva era blanca como la leche, quizá era la segunda vez que despegaba su sombrero de su cabeza. Extendí mi mano para saludarle, él la suya, me agarró fuerte y mirándome a los ojos me dijo:
El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Y si yo soy el padre, ¿dónde está mi honra? Y si yo soy señor, ¿dónde está mi reverencia?, ¡oh, sacerdotes que menospreciáis mi nombre!, Jeohvah os vigila y os juzgará. Pero vosotros decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan indigno. Pero diréis: ¿Cómo es que lo hemos hecho indigno? Pensando que la mesa de Jehovah es despreciable. Por qué ofrecéis un animal ciego para ser sacrificado, ¿no es eso malo? Lo mismo, cuando ofrecéis un animal cojo o enfermo. Preséntalo a tu gobernador. ¿Acaso se agradará de ti? ¿Acaso se te mostrará favorable?, ha dicho Jehovah de los Ejércitos. Malaquiades y el pueblo de Israel, concluye el trampero.
Y ahora, amigo, no vuelvas a preguntarme sobre la caza de los osos. Quién eres tú para juzgar en mitad de la noche, oculto en está carretera solitaria con tu pasado persiguiendote y el olvido esperandote al final del camino. Vomito sobre el Estado y sus leyes, no están hechas para gente como yo, ni tan siquiera como tú, hombre civilizado, las cremas para la piel que te das cada mañana han enmohecido tu corazón.

Realmente no sabía muy bien como reaccionar. Mi mano seguía extendida y cubierta por la suya. Aspera, caliente y sudorosa, latía como un corazón acelerado. Dejé que resbalara. La guardé en el bolsillo. Caminé hasta dejarle atrás, cubierto por su mochila de pieles que volvía a cargar con gran cuidado en un ritual beneficioso para su espalada supongo. Supongo.

16 sept 2010

Km 216

Pensar es un ejercicio ingrato cuando no hay un control sobre él, cuando los pensamientos positivos dejan paso a los negativos y caminas solo por el arcén y piensas en todo lo que quedó detrás y se apilan sobre el hipotálamo cantidades enormes de jeroglíficos complejos de cómo hubiera sido tu vida si no o si sí, nunca es el momento bueno para recordar, pero el recuerdo llega, se desenvuelve ante los hombres de cerebro vulnerable y entonces me agacho y recojo un palo largo y lo utilizo como un bastón de apoyo que guía, no mis pasos, si no mi cabeza, que se siente acompañada y descargada de un peso injusto que no me interesa almacenar y que pensé que había abandonado en algún vertedero y es que, a estas alturas nadie sabe aún por qué camino en la noche sin destino aparente, guiado por estrellas borrosas entre las nubes y asfalto aterciopelado en negro, contrastado, sin iluminación suficiente más que con luna llena y faros de coche y literna de mano. Los extraños son bienvenidos en un momento en el soy el más extraño de los seres que caminan por el sendero de las carreteras comarcales a media noche muy larga y con pocas posibilidades de amanecer.
Y delante, justo, en este momento de reflexión noctámbula, aparece un insecto que creía extinguido, la luciernaga, con una luz potente, trasera y que hace saltar esta vez los recuerdos de mi infancia con un bote de cristal lleno de luces de mágicos seres encerrados para mi capricho y observación y como recompensa de aventurero infantil en un campamento de verano rodeado de niños dormidos, miedosos, soñadores de noches cortas y días largos, niños con hermanos mayores o pequeños que cuidan de si mismos y cuentan en voz baja los días para volver a casa con su madre ausente, discretamente, entre la valentía de los demás y las caminatas entre bosques de druidas y curiosos zorros olisqueadores. Recuerdo una jabalina volar por el cielo calido del verano hasta clavarse en una cabeza adolescente, un adios sangrante, una preocupación inconsciente, un sueño pesadilla del que aquel muchacho pálido herido nunca se despertó hasta diez años después, con la jeringuilla impregnada en heroína, clavada en sus venas vírgenes.
Los pensamientos son así, personales, inconexos, imcomprensibles para el tipo que toma el sol en el espacio de al lado, sobre la arena de la playa, bajo la sombrilla. Mientras, aburrido te observa con sus gafas de sol, pero brotan, como en un manantial en el que con los dedos revuelves el fondo y el agua en segundos se aclara limpia y cristalina como si nada la hubiese enturbiado, ninguna huella queda de toda aquella intervención sobre la naturaleza.
Me descalzo y sujeto las zapatillas con mi mano derecha por la parte del empeine. El suelo está caliente pero suave un saltamontes aterriza sobre mi pie y se mantiene en equilibrio unos veinte metros, vuelve a saltar y desaparece.

15 sept 2010

Km 203

Es un cruce. Vacío de señales. En los cruces uno siempre piensa encontrar músicos trompetistas de raza negra, prostitutas abandonadas por un banda de proxenetas, ciervos despistados huidos de su bosque por algún incendio y cegados por las luces de un camión de largo recorrido, adolescentes escapadas de casa porque su padrasto alcohólico abusa de ellas, pero realmente en los cruces no hay nadie, no hay nada, sólo caminos distintos para elegir un destino.

Km 202

Estoy harto de los kilómetros capicúa.

13 sept 2010

Km 191

¿Dónde pretendo llegar con todo esto? Un ángel del infierno revisa en la cuneta su Harley con las luces de emergencia puestas. Me acerco silvando para que sepa que me acerco, en la noche es peligroso sorprender a los que van y vienen por estas carreteras comarcales, quizá tenga una pistola, se vuelva asustado y dispare o quizá huya de algo, de la policía o del detective que le puso su padre millonario para indagar sobre su vida. Su piel es blanca como la leche bajo su camiseta negra sin mangas y su chaleco vaquero negro de grasa envejecida. El halcón de la espalda tiene dos caras una con el pico abierto, la otra con el pico cerrado y cabeza agachada mirando el suelo, sumiso y unido irremediablemente al mismo cuerpo agresivo con ganas de pelea y de pregonar la gallardía y el dominio de la especie sobre las otras especies.
El motero se dió la vuelta una decima de segundo simplemente y observó mi llegada tranquilo y casi ignorando mi presencia. La luz de su linterna decubría un pelo largo, sucio, repleto de canas que continuaban en la cara, en la barba desarreglada y paraba en las entradas calvas que avecinaban el fin de una melena completa al viento.

-¿Eres Larry, el de strawberry field for ever?

Su pregunta me dejó descolocado, cortado, insociable, autista, perdido en la noche, tímido, pequeño hombrecito, devuelto sobre mis pasos, pensativo, reflexivo. Su pregunta me hizo parar y mirar sobre su espalda el halcón de doble cabeza. Me temo que yo era el pollo cabizbajo.

-No, no soy Larry.

Lanzó, sin darme tiempo a acabar la frase un:
-vaya

¿Tienes algún problema amigo? Contesté

-Si, mi moto, creo que tendré que abandonarla por unos días en este lugar y pensé que un viejo conocido vendría a buscarme en su Electra Glide del 65.

-Pues lo siento, no soy Larry, y no puedo llevarte a ningún lado. Pero sé algo de mecánica y quizá pueda ayudarte.

-No acostumbro a dejarla en manos desconocidas pero…

Me acerque a la moto, con la mano en el corazón, como gesto de paz, de ser un buen hombre en una noche confusa y espesa. Un fuerte olor a cuero y combustible llenaba aquel espacio. La toque por el guardabarros trasero hasta llegar al depósito. Despacio. Como si fuera un caballo salvaje. Extendí mi mano para saludar a aquel tipo y descubrí que tras sus gafas de cristal naranja había unos ojos ciegos, sellados, aquel motero era ciego, ciego, no veía, nada. El sabía que le observaba, le analizaba, estudiaba su tez arrugada, viajada, golpeada por el viento de los kilómetros. Pronto descubrí las llaves en el suelo, cerca de sus botas roñosas, me agaché y las introduje en la ranura de encendido. El rugido del motor despertando en plena noche. El eco retumba en los alrededores.

-eran las llaves, sentencié
-vaya, dijo él.

Buscó mi respiración y se dirigió de nuevo a mi.

-¿Quiere que le lleve?
-No, yo camino, gracias.

Subido en la moto aceleró hasta perderse en la recta infinita de aquel tramo.

6 sept 2010

Km 181

Ruth. Si tuviera una hija la llamaría Ruth. Durante los últimos kilómetros recorridos camina junto a mi una mujer, se llama Ruth y masca chicle de fresa sin parar, es difícil adivinar su edad, de apariencia es de treinta y tantos pero la real quizá esté cerca de los cincuenta. Es de esas personas que de pronto se estancan en una edad , y ya no envejecen, sólo pulidas por el aire que las erosiona. Hace muchos años que ella quedó momificada, en el último cunpleaños que celebró con alegría y sopló las velas con lágrimas en los ojos, emocionada porque todos los amigos la rodeaban, aunque todavía no sabían que ella había envenenado a las tortugas de su ex marido, un tipo sensible, escritor de crónicas económicas y coleccionista de jeroglíficos, que pasaba las noches asomado a su telescopio observando Marte, alejado cada vez más de una mujer enigmática y distante, insatisfecha con la vida repleta de felicidad que le había correspondido con su matrimonio. Y ahora, sigo con ella la estela del viento, pensando en que pensará sobre mi y mi viaje nocturno, intento no ponerme nervioso pero odio que caminen a mi lado sin decir nada, sin adelantarme, y cuando el sonido de sus pasos y los míos se sincronizan decido acabar con el encuentro.
-¿Puedes dejar de seguirme por favor? le digo
-Soy Ruth. Contesta. Ruth, la profesora de matemáticas que te gustaba en el instituto.
-No es cierto, vuelvo a decirle.
-Si lo es, todos envejecemos.
-Me acordaría de ti. La miro e intento tranqulizarme y coger aire mientras continuamos nuestro paso en silencio pero no la recuerdo.
-Una vez saliste a la pizarra a resolver aquella derivada, me dice, hacia mucho calor ¿recuerdas? Por la ventana entraba aire caliente y de tu cabello salían gotas de sudor que bajaban deslizándose hasta la barbilla.
-Ahora si comienzo a recordar, pero has cambiado más tanto qué no sé quién eres.
-He cambiado mi cuerpo por el de otra persona. El mío se calcinó en un incendio.
-Pero eso es ridículo, digo.
-No es ridículo. Es simplemente un sueño.