Pensaba que ya no quedaban cazadores de osos, que estaban protegidos por el gobierno, pero el tipo que está delante de mi con una mochila a su espalda cargada de pieles es un de ellos, sin ninguna duda.
-¿Oiga, caza usted osos? Es ilegal
-Soy sordo, amigo, los disparos de mi rifle acortaron la vida de mis oídos, así que no le oigo muy bien, me contesta.
Parado con su mochila en el suelo llego junto a él. Nunca había visto una barba tan poblada y sucia, los restos de comida colgaban pegados en su pelo decolorido por el sol y las canas. Parece mayor de lo que quizá sea, es un personaje como en las películas de tramperos. Levantó su gorro para saludar y su calva era blanca como la leche, quizá era la segunda vez que despegaba su sombrero de su cabeza. Extendí mi mano para saludarle, él la suya, me agarró fuerte y mirándome a los ojos me dijo:
El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Y si yo soy el padre, ¿dónde está mi honra? Y si yo soy señor, ¿dónde está mi reverencia?, ¡oh, sacerdotes que menospreciáis mi nombre!, Jeohvah os vigila y os juzgará. Pero vosotros decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan indigno. Pero diréis: ¿Cómo es que lo hemos hecho indigno? Pensando que la mesa de Jehovah es despreciable. Por qué ofrecéis un animal ciego para ser sacrificado, ¿no es eso malo? Lo mismo, cuando ofrecéis un animal cojo o enfermo. Preséntalo a tu gobernador. ¿Acaso se agradará de ti? ¿Acaso se te mostrará favorable?, ha dicho Jehovah de los Ejércitos. Malaquiades y el pueblo de Israel, concluye el trampero.
Y ahora, amigo, no vuelvas a preguntarme sobre la caza de los osos. Quién eres tú para juzgar en mitad de la noche, oculto en está carretera solitaria con tu pasado persiguiendote y el olvido esperandote al final del camino. Vomito sobre el Estado y sus leyes, no están hechas para gente como yo, ni tan siquiera como tú, hombre civilizado, las cremas para la piel que te das cada mañana han enmohecido tu corazón.
Realmente no sabía muy bien como reaccionar. Mi mano seguía extendida y cubierta por la suya. Aspera, caliente y sudorosa, latía como un corazón acelerado. Dejé que resbalara. La guardé en el bolsillo. Caminé hasta dejarle atrás, cubierto por su mochila de pieles que volvía a cargar con gran cuidado en un ritual beneficioso para su espalada supongo. Supongo.
-¿Oiga, caza usted osos? Es ilegal
-Soy sordo, amigo, los disparos de mi rifle acortaron la vida de mis oídos, así que no le oigo muy bien, me contesta.
Parado con su mochila en el suelo llego junto a él. Nunca había visto una barba tan poblada y sucia, los restos de comida colgaban pegados en su pelo decolorido por el sol y las canas. Parece mayor de lo que quizá sea, es un personaje como en las películas de tramperos. Levantó su gorro para saludar y su calva era blanca como la leche, quizá era la segunda vez que despegaba su sombrero de su cabeza. Extendí mi mano para saludarle, él la suya, me agarró fuerte y mirándome a los ojos me dijo:
El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Y si yo soy el padre, ¿dónde está mi honra? Y si yo soy señor, ¿dónde está mi reverencia?, ¡oh, sacerdotes que menospreciáis mi nombre!, Jeohvah os vigila y os juzgará. Pero vosotros decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan indigno. Pero diréis: ¿Cómo es que lo hemos hecho indigno? Pensando que la mesa de Jehovah es despreciable. Por qué ofrecéis un animal ciego para ser sacrificado, ¿no es eso malo? Lo mismo, cuando ofrecéis un animal cojo o enfermo. Preséntalo a tu gobernador. ¿Acaso se agradará de ti? ¿Acaso se te mostrará favorable?, ha dicho Jehovah de los Ejércitos. Malaquiades y el pueblo de Israel, concluye el trampero.
Y ahora, amigo, no vuelvas a preguntarme sobre la caza de los osos. Quién eres tú para juzgar en mitad de la noche, oculto en está carretera solitaria con tu pasado persiguiendote y el olvido esperandote al final del camino. Vomito sobre el Estado y sus leyes, no están hechas para gente como yo, ni tan siquiera como tú, hombre civilizado, las cremas para la piel que te das cada mañana han enmohecido tu corazón.
Realmente no sabía muy bien como reaccionar. Mi mano seguía extendida y cubierta por la suya. Aspera, caliente y sudorosa, latía como un corazón acelerado. Dejé que resbalara. La guardé en el bolsillo. Caminé hasta dejarle atrás, cubierto por su mochila de pieles que volvía a cargar con gran cuidado en un ritual beneficioso para su espalada supongo. Supongo.
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