Ruth. Si tuviera una hija la llamaría Ruth. Durante los últimos kilómetros recorridos camina junto a mi una mujer, se llama Ruth y masca chicle de fresa sin parar, es difícil adivinar su edad, de apariencia es de treinta y tantos pero la real quizá esté cerca de los cincuenta. Es de esas personas que de pronto se estancan en una edad , y ya no envejecen, sólo pulidas por el aire que las erosiona. Hace muchos años que ella quedó momificada, en el último cunpleaños que celebró con alegría y sopló las velas con lágrimas en los ojos, emocionada porque todos los amigos la rodeaban, aunque todavía no sabían que ella había envenenado a las tortugas de su ex marido, un tipo sensible, escritor de crónicas económicas y coleccionista de jeroglíficos, que pasaba las noches asomado a su telescopio observando Marte, alejado cada vez más de una mujer enigmática y distante, insatisfecha con la vida repleta de felicidad que le había correspondido con su matrimonio. Y ahora, sigo con ella la estela del viento, pensando en que pensará sobre mi y mi viaje nocturno, intento no ponerme nervioso pero odio que caminen a mi lado sin decir nada, sin adelantarme, y cuando el sonido de sus pasos y los míos se sincronizan decido acabar con el encuentro.
-¿Puedes dejar de seguirme por favor? le digo
-Soy Ruth. Contesta. Ruth, la profesora de matemáticas que te gustaba en el instituto.
-No es cierto, vuelvo a decirle.
-Si lo es, todos envejecemos.
-Me acordaría de ti. La miro e intento tranqulizarme y coger aire mientras continuamos nuestro paso en silencio pero no la recuerdo.
-Una vez saliste a la pizarra a resolver aquella derivada, me dice, hacia mucho calor ¿recuerdas? Por la ventana entraba aire caliente y de tu cabello salían gotas de sudor que bajaban deslizándose hasta la barbilla.
-Ahora si comienzo a recordar, pero has cambiado más tanto qué no sé quién eres.
-He cambiado mi cuerpo por el de otra persona. El mío se calcinó en un incendio.
-Pero eso es ridículo, digo.
-No es ridículo. Es simplemente un sueño.
-¿Puedes dejar de seguirme por favor? le digo
-Soy Ruth. Contesta. Ruth, la profesora de matemáticas que te gustaba en el instituto.
-No es cierto, vuelvo a decirle.
-Si lo es, todos envejecemos.
-Me acordaría de ti. La miro e intento tranqulizarme y coger aire mientras continuamos nuestro paso en silencio pero no la recuerdo.
-Una vez saliste a la pizarra a resolver aquella derivada, me dice, hacia mucho calor ¿recuerdas? Por la ventana entraba aire caliente y de tu cabello salían gotas de sudor que bajaban deslizándose hasta la barbilla.
-Ahora si comienzo a recordar, pero has cambiado más tanto qué no sé quién eres.
-He cambiado mi cuerpo por el de otra persona. El mío se calcinó en un incendio.
-Pero eso es ridículo, digo.
-No es ridículo. Es simplemente un sueño.
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