13 dic 2010

Km 253

Por primera vez en toda está historia de largo recorrido se ha hecho de día durante unos minutos. Y quizá, también, sea el final de este camino.
Un camión pasa haciendo sonar su claxon junto a mi.
Frena precedido por su intermitente derecho parapadeando. Un tipo muy normal, delgado y sin barba se baja y hace un gesto con la mano de saludo familiar.

Sabes la de kilómetros que te he estado observando sin adelantarte para no molestarte, me dice.
La de veces que he pensado en recojerte en la cuneta y devolverte al infierno de donde saliste. La de veces que has metiendo la nariz donde no te llaman pero aún así te he dejado. Y por supuesto, continúa, lo familiar que me resultas después de haber vivido lo que has vivido con todos esos fantasmas de la carretera que tu delirio veía con mi consentimiento para no aparecer y asustarlos.

¿Cuánto tiempo llevas detrás y cuánto has visto? Le pregunté.

En la cabina de mi camión llevo unos temas grabados de Marianne Faithfull que escucho una y otra vez mientras las ruedas de mi camión pisan la graba de la carretera sin ahuyentarte. Quizá flote.

Sé que te manda una mujer de la que no conoces nada excepto su dinero. Sé también lo que te ha pedido, pero tengo un destino y he de llegar, quizá, quizá decida, al final, cuando haya pensado en volver a hablar con ella y contarle porque nunca le regalé flores, ni bombones, ni perfumes de colores, ni perras en celo, ni castañas para asar en la chimenea, ni visones hechos abrigo, ni viajes en globo a la luna en cuarto menguante, ni una revista con su horoscopo siempre diciendo lo buen signo que sería ese día. Si la ves dile que no es el momento del arrepentimiento y que para eso aún queda mucho.
Le contesté.

En tu bolsillo está la foto de su mejilla limpia para besar, pero tan sólo eres una pesadilla que crece según este sueño momentáneo que entra por los pies caminantes y podridos de Kilómetros pero libres. Ahora márchate y no me molestes más. Continué diciendo sin mirarle a los ojos.

El camión arrancó y dió marcha atrás. Volvió al principio, de donde partió, y aunque no lo vi me lo imagino.

km 251

Un, dos, un, dos, un, dos, un, dos, miro el suelo y las puntas de mis zapatos, descubro que uno de mis pies es más grande que el otro. El izquierdo. A simple vista. Quizá después no sea así, pero parece.

15 nov 2010

Km 247´50

¿Papá volverás a casa?

Km 247

Un billete de quinientos dolares revolotea a pocos metros de mi, cuando lo alcanzo lo examino por si es falso pero no consigo saberlo, tiene algo que no termina de convencerme y tengo suerte, porque a pocos metros de mi hay una chica de unos dieciséis años sentada en una silla plegable con una máquina detectora de billetes falsos sobre una mesa. Cuando llego con mi billete en la mano pregunto si es suyo y responde negando con la cabeza.

-¿puedes comprobar si es falso por favor?
-son 50 centavos, me dice.
-no importa, aquí tienes.

Introduce el billete bajo una luz violeta y me lo devuelve sin mirarme a la cara.

-Auténtico, es usted un hombre afortunado.
-¿De cuánto estás? Le pregunto.
-Dieciséis semanas. Es una niña y se llamará Aurora.

Por fin levanta su cara, tímida, me mira a los ojos que le brillan de una manera especial, resultado de la emoción y la alergia ocular de primavera. Su cara es sonrosada y su pelo color zanahoria, un vestido de estampado floral envuelve su hinchada barriga de embarazada mientras muerde barritas de regaliz y deja entre ver sus dientes negros y marfil.

-¿Quién es el padre? ¿Es de por aquí?
-Si, pero ahora está en la guerra, matando. Dice en un inquietante tono neutro.
-¿Matando?
-Si, matando, eso es la guerra ¿no?
-Bueno, quizá, no tenga que matar a nadie.
-Si, tiene que hacerlo, nos lo prometió a su hija y a mi, que mataría enemigos para dejarla un mundo mejor, libre de hombres que desean y hacen el mal.

Mis manos sudan mientras sujetan el billete de quinientos dolares. El papel se deshace y comienza a desteñir, desaparecen el par de ceros del número quinientos.

-¿Por qué me has engañado? Es falso, falso, no es auténtico. Le digo algo irritado.
-Bueno, te lo has encontrado.
-Si pero me cobraste cincuenta centavos y me dijiste que era auténtico.

Ella enmudeció y comenzó a llorar, cubría su cara con las dos manos y me pidió que me marchara, por favor. Recogió su máquina y plego su silla. Intenté ayudarla pero no me dejó. No hay nada peor que ver llorar a una mujer embarazada mientras hace esfuerzos físicos. Pero no hubo manera de hacerla entender que no quería hacerle daño.

-Debo marcharme y no sé tu nombre, le dije.
-Manuela.
-Manuela, yo también tuve un hija. Sé lo que sientes pero lo estás haciendo muy bien, da igual si los billetes son falsos o verdaderos, lo importante es que todo lo que haces es por Aurora y por ti.
-Gracias.

Nos fundimos en un gran abrazo y sus lágrimas mancharon mi camisa, bese su frente y la dejé sentada, de nuevo, frente a su máquina de autentificar dinero. Se levantó para observarme al final de la recta, caminado, y me grito:

-¡Papá, te quiero!

Es obvio que no soy su padre. No soy su padre. Su padre.

12 nov 2010

Km 235

Hay momentos extraños que ocurren un par de veces en la vida. Acabo de entrar en una recta rodeada de un gran bosque de abetos, los árboles se agitan por el viento, suave, mecidos en la noche, coreográficos, silenciosos pero agitados y ese viento tremendo no existe, no existe porque no lo siento, veo como balancea las copas de los árboles pero es incapaz de despeinar mi pelo, de abofetear mi cara. Es un viento húmedo, lo puedo oler en cada paso que avanzo y veo a las ardillas del bosque refugiadas en la cuneta, pegadas al suelo firme con sus patitas moviendo los ojos rápidamente entre lo que dejaron detrás y mi paso acelerado. Es un viento que vuela alto y escucha los recuerdos desde ahí arriba. Por ejemplo:

-hey, escucha esto, mi madre guardaba el chocolate en una caja de metal desgastada por el tiempo. Las onzas se apilaban dentro en distintos tamaños. Esa caja era mágica porque me atraía hasta ella cómo un imán y me decía: ven, coge esa escalera y sube sin miedo, las caídas no importan si el fin es bueno. Y el chocolate merecía la pena y así lo hice, subí hasta la parte alta de la estantería y agarré la caja entre mis manos perdiendo el equilibrio y estrellándome contra el suelo. Tarde horas en caer al suelo, o eso me pareció, el calor subia por mi cuerpo hasta la cabeza y en ese mismo instante sentí dolor. Sobre la caja abierta de chocolate esparcido por el suelo corría la sangre de mi brecha empapándolo todo. Caía de mi cabeza goteando muy deprisa, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop.
La sangre es hipnótica cuando cae de esta manera. Mi madre me levantó del suelo y me abrazó cubriéndome con una toalla con la que limpió mi cara y cubrió mi cabeza mientras me abroncaba entre dulce y pimienta y mi lengua experimentaba un sabor único de sangre y chocolate propio de vampiros golosos.
Subidos en un taxi miraba la ciudad de noche recostado en las piernas de mi madre que me tranquilizaba, pero yo ya estaba muy tranquilo y aquello me gustaba, de camino a urgencias ambulatorias. Tumbado en una camilla la enfermera me preguntaba por los años que tenía mientras pasaba su dedo por mi frente ensangrentada de chocolate y se lo llevaba a la boca y mi madre me daba la mano de sangre enchocolatada y yo me relamía lo poco que ya quedaba alrededor de mi boca y más niños enfermos me olían al pasar y se incorporaban a ver que pasaba y uno de ellos nos seguía pero le hicierón retroceder rapidamente con enfado y esto también es una cosa extraña de las que ocurren un par de veces en la vida. ¿Has oído? Viento.

Continúo caminando para atravesar por fin aquel largo bosque de abetos agitados por un viento sordo que escucha los pensamientos pero sólo aquellos que son más extraños. Las ardillas desaparecen así que me temo que estoy llegando al final de este tramo rectilineo de extraños sucesos que ocurren alguna vez en la vida.

10 nov 2010

Km 234

Tropiezo pero no caigo. Un mal paso.

20 sept 2010

Km 221

Pensaba que ya no quedaban cazadores de osos, que estaban protegidos por el gobierno, pero el tipo que está delante de mi con una mochila a su espalda cargada de pieles es un de ellos, sin ninguna duda.

-¿Oiga, caza usted osos? Es ilegal

-Soy sordo, amigo, los disparos de mi rifle acortaron la vida de mis oídos, así que no le oigo muy bien, me contesta.

Parado con su mochila en el suelo llego junto a él. Nunca había visto una barba tan poblada y sucia, los restos de comida colgaban pegados en su pelo decolorido por el sol y las canas. Parece mayor de lo que quizá sea, es un personaje como en las películas de tramperos. Levantó su gorro para saludar y su calva era blanca como la leche, quizá era la segunda vez que despegaba su sombrero de su cabeza. Extendí mi mano para saludarle, él la suya, me agarró fuerte y mirándome a los ojos me dijo:
El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Y si yo soy el padre, ¿dónde está mi honra? Y si yo soy señor, ¿dónde está mi reverencia?, ¡oh, sacerdotes que menospreciáis mi nombre!, Jeohvah os vigila y os juzgará. Pero vosotros decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan indigno. Pero diréis: ¿Cómo es que lo hemos hecho indigno? Pensando que la mesa de Jehovah es despreciable. Por qué ofrecéis un animal ciego para ser sacrificado, ¿no es eso malo? Lo mismo, cuando ofrecéis un animal cojo o enfermo. Preséntalo a tu gobernador. ¿Acaso se agradará de ti? ¿Acaso se te mostrará favorable?, ha dicho Jehovah de los Ejércitos. Malaquiades y el pueblo de Israel, concluye el trampero.
Y ahora, amigo, no vuelvas a preguntarme sobre la caza de los osos. Quién eres tú para juzgar en mitad de la noche, oculto en está carretera solitaria con tu pasado persiguiendote y el olvido esperandote al final del camino. Vomito sobre el Estado y sus leyes, no están hechas para gente como yo, ni tan siquiera como tú, hombre civilizado, las cremas para la piel que te das cada mañana han enmohecido tu corazón.

Realmente no sabía muy bien como reaccionar. Mi mano seguía extendida y cubierta por la suya. Aspera, caliente y sudorosa, latía como un corazón acelerado. Dejé que resbalara. La guardé en el bolsillo. Caminé hasta dejarle atrás, cubierto por su mochila de pieles que volvía a cargar con gran cuidado en un ritual beneficioso para su espalada supongo. Supongo.

16 sept 2010

Km 216

Pensar es un ejercicio ingrato cuando no hay un control sobre él, cuando los pensamientos positivos dejan paso a los negativos y caminas solo por el arcén y piensas en todo lo que quedó detrás y se apilan sobre el hipotálamo cantidades enormes de jeroglíficos complejos de cómo hubiera sido tu vida si no o si sí, nunca es el momento bueno para recordar, pero el recuerdo llega, se desenvuelve ante los hombres de cerebro vulnerable y entonces me agacho y recojo un palo largo y lo utilizo como un bastón de apoyo que guía, no mis pasos, si no mi cabeza, que se siente acompañada y descargada de un peso injusto que no me interesa almacenar y que pensé que había abandonado en algún vertedero y es que, a estas alturas nadie sabe aún por qué camino en la noche sin destino aparente, guiado por estrellas borrosas entre las nubes y asfalto aterciopelado en negro, contrastado, sin iluminación suficiente más que con luna llena y faros de coche y literna de mano. Los extraños son bienvenidos en un momento en el soy el más extraño de los seres que caminan por el sendero de las carreteras comarcales a media noche muy larga y con pocas posibilidades de amanecer.
Y delante, justo, en este momento de reflexión noctámbula, aparece un insecto que creía extinguido, la luciernaga, con una luz potente, trasera y que hace saltar esta vez los recuerdos de mi infancia con un bote de cristal lleno de luces de mágicos seres encerrados para mi capricho y observación y como recompensa de aventurero infantil en un campamento de verano rodeado de niños dormidos, miedosos, soñadores de noches cortas y días largos, niños con hermanos mayores o pequeños que cuidan de si mismos y cuentan en voz baja los días para volver a casa con su madre ausente, discretamente, entre la valentía de los demás y las caminatas entre bosques de druidas y curiosos zorros olisqueadores. Recuerdo una jabalina volar por el cielo calido del verano hasta clavarse en una cabeza adolescente, un adios sangrante, una preocupación inconsciente, un sueño pesadilla del que aquel muchacho pálido herido nunca se despertó hasta diez años después, con la jeringuilla impregnada en heroína, clavada en sus venas vírgenes.
Los pensamientos son así, personales, inconexos, imcomprensibles para el tipo que toma el sol en el espacio de al lado, sobre la arena de la playa, bajo la sombrilla. Mientras, aburrido te observa con sus gafas de sol, pero brotan, como en un manantial en el que con los dedos revuelves el fondo y el agua en segundos se aclara limpia y cristalina como si nada la hubiese enturbiado, ninguna huella queda de toda aquella intervención sobre la naturaleza.
Me descalzo y sujeto las zapatillas con mi mano derecha por la parte del empeine. El suelo está caliente pero suave un saltamontes aterriza sobre mi pie y se mantiene en equilibrio unos veinte metros, vuelve a saltar y desaparece.

15 sept 2010

Km 203

Es un cruce. Vacío de señales. En los cruces uno siempre piensa encontrar músicos trompetistas de raza negra, prostitutas abandonadas por un banda de proxenetas, ciervos despistados huidos de su bosque por algún incendio y cegados por las luces de un camión de largo recorrido, adolescentes escapadas de casa porque su padrasto alcohólico abusa de ellas, pero realmente en los cruces no hay nadie, no hay nada, sólo caminos distintos para elegir un destino.

Km 202

Estoy harto de los kilómetros capicúa.

13 sept 2010

Km 191

¿Dónde pretendo llegar con todo esto? Un ángel del infierno revisa en la cuneta su Harley con las luces de emergencia puestas. Me acerco silvando para que sepa que me acerco, en la noche es peligroso sorprender a los que van y vienen por estas carreteras comarcales, quizá tenga una pistola, se vuelva asustado y dispare o quizá huya de algo, de la policía o del detective que le puso su padre millonario para indagar sobre su vida. Su piel es blanca como la leche bajo su camiseta negra sin mangas y su chaleco vaquero negro de grasa envejecida. El halcón de la espalda tiene dos caras una con el pico abierto, la otra con el pico cerrado y cabeza agachada mirando el suelo, sumiso y unido irremediablemente al mismo cuerpo agresivo con ganas de pelea y de pregonar la gallardía y el dominio de la especie sobre las otras especies.
El motero se dió la vuelta una decima de segundo simplemente y observó mi llegada tranquilo y casi ignorando mi presencia. La luz de su linterna decubría un pelo largo, sucio, repleto de canas que continuaban en la cara, en la barba desarreglada y paraba en las entradas calvas que avecinaban el fin de una melena completa al viento.

-¿Eres Larry, el de strawberry field for ever?

Su pregunta me dejó descolocado, cortado, insociable, autista, perdido en la noche, tímido, pequeño hombrecito, devuelto sobre mis pasos, pensativo, reflexivo. Su pregunta me hizo parar y mirar sobre su espalda el halcón de doble cabeza. Me temo que yo era el pollo cabizbajo.

-No, no soy Larry.

Lanzó, sin darme tiempo a acabar la frase un:
-vaya

¿Tienes algún problema amigo? Contesté

-Si, mi moto, creo que tendré que abandonarla por unos días en este lugar y pensé que un viejo conocido vendría a buscarme en su Electra Glide del 65.

-Pues lo siento, no soy Larry, y no puedo llevarte a ningún lado. Pero sé algo de mecánica y quizá pueda ayudarte.

-No acostumbro a dejarla en manos desconocidas pero…

Me acerque a la moto, con la mano en el corazón, como gesto de paz, de ser un buen hombre en una noche confusa y espesa. Un fuerte olor a cuero y combustible llenaba aquel espacio. La toque por el guardabarros trasero hasta llegar al depósito. Despacio. Como si fuera un caballo salvaje. Extendí mi mano para saludar a aquel tipo y descubrí que tras sus gafas de cristal naranja había unos ojos ciegos, sellados, aquel motero era ciego, ciego, no veía, nada. El sabía que le observaba, le analizaba, estudiaba su tez arrugada, viajada, golpeada por el viento de los kilómetros. Pronto descubrí las llaves en el suelo, cerca de sus botas roñosas, me agaché y las introduje en la ranura de encendido. El rugido del motor despertando en plena noche. El eco retumba en los alrededores.

-eran las llaves, sentencié
-vaya, dijo él.

Buscó mi respiración y se dirigió de nuevo a mi.

-¿Quiere que le lleve?
-No, yo camino, gracias.

Subido en la moto aceleró hasta perderse en la recta infinita de aquel tramo.

6 sept 2010

Km 181

Ruth. Si tuviera una hija la llamaría Ruth. Durante los últimos kilómetros recorridos camina junto a mi una mujer, se llama Ruth y masca chicle de fresa sin parar, es difícil adivinar su edad, de apariencia es de treinta y tantos pero la real quizá esté cerca de los cincuenta. Es de esas personas que de pronto se estancan en una edad , y ya no envejecen, sólo pulidas por el aire que las erosiona. Hace muchos años que ella quedó momificada, en el último cunpleaños que celebró con alegría y sopló las velas con lágrimas en los ojos, emocionada porque todos los amigos la rodeaban, aunque todavía no sabían que ella había envenenado a las tortugas de su ex marido, un tipo sensible, escritor de crónicas económicas y coleccionista de jeroglíficos, que pasaba las noches asomado a su telescopio observando Marte, alejado cada vez más de una mujer enigmática y distante, insatisfecha con la vida repleta de felicidad que le había correspondido con su matrimonio. Y ahora, sigo con ella la estela del viento, pensando en que pensará sobre mi y mi viaje nocturno, intento no ponerme nervioso pero odio que caminen a mi lado sin decir nada, sin adelantarme, y cuando el sonido de sus pasos y los míos se sincronizan decido acabar con el encuentro.
-¿Puedes dejar de seguirme por favor? le digo
-Soy Ruth. Contesta. Ruth, la profesora de matemáticas que te gustaba en el instituto.
-No es cierto, vuelvo a decirle.
-Si lo es, todos envejecemos.
-Me acordaría de ti. La miro e intento tranqulizarme y coger aire mientras continuamos nuestro paso en silencio pero no la recuerdo.
-Una vez saliste a la pizarra a resolver aquella derivada, me dice, hacia mucho calor ¿recuerdas? Por la ventana entraba aire caliente y de tu cabello salían gotas de sudor que bajaban deslizándose hasta la barbilla.
-Ahora si comienzo a recordar, pero has cambiado más tanto qué no sé quién eres.
-He cambiado mi cuerpo por el de otra persona. El mío se calcinó en un incendio.
-Pero eso es ridículo, digo.
-No es ridículo. Es simplemente un sueño.

1 jul 2010

Km 171

Alberto. Me cruzo con un grafiti en blanco sobre la parte trasera de la señalización de vía peligrosa. En realidad lo que dice es: Alberto es maricón, pero es maricón prácticamente no cabe, así que está en pequeñito, con las letras amontonadas sobre la parte de abajo, muy mal escrito. Y me pregunto, quién pierde el tiempo en este lugar vacío y olvidado para pintar tan absurdo mensaje. Debe vivir cerca Alberto o quizá pasó un día por aquí mientras le esperaban con la pintada hecha y escondidos en la cuneta riendo, puede ser una excursión de boys scouts aburridos de cantar canciones de la monataña y el oso o de pesados elefantes sobre telas de araña, y entonces, al mismo chico inverbe al que le llenaron el saco de dormir de sapos y le lanzarón mendrugos de pan empapados en leche fría durante el desayuno, han decidido inmortalizarle el alma en la carretera. Así que, Alberto vuelve a casa después de treinta días de compañerismo y convivencia pacífica y confiesa a sus padres lo bien que lo ha pasado pero, no quiere contar nada porque no hay nada que contar y cuando un día, pasan en familia con el coche cargado de filetes empanados, allí está el mensaje y Alberto dice ese soy yo mamá y papá ríe y mamá se enfada y le dice que no diga tonterías pero Alberto es maricón todo el mundo lo sabe en el instituto.
Creo que llevo demasiado tiempo parado frente a esta señal, debo continuar mi camino. ¿quién demonios será Alberto?

30 jun 2010

Km 161

Miro fijamente a mis pies: primero avanza uno, luego el otro, es imperfecto pero hipnótico. Los kilómetros van pasando y hacía mucho que no me encontraba con una curva tan cerrada. Muy cerrada. Todo lo que voy viendo aparece justo cada vez que doy un paso, es imposible saber que vendrá después, es muy parecido a vivir, yo estuve casado, una vez, con una mujer de piel oscura que olía a rosa de un jardín lejano, tenía una mirada descomunal muy grande que acariciaba y abrazaba y según el día asustaba y la odiaba y hablaba sola en las noches de luna llena como en las películas de terror sicopático e histérico y llevaba un tatuaje que decía te quiero vida mía, esto era por su vida, por supuesto y se bañaba vestida en una piscina pequeña y mal construida que derramaba agua siempre por la derecha y gritaba pronunciando mi nombre constantemente e incluso pronunciándolo al revés porque le hacía más gracia, así que, dije que ya no quería tener un nombre mientras estuviera con ella y me gustaba verla vestida cruzando la piscina bajo el agua en dos o tres largos si sacar la cabeza para respirar y preparaba un bloodymary y una toalla por si salía estando de pie ante ella, cosa que nunca ocurría, y entonces haces la maleta vacía con una parte del billete de avión del último viaje juntos y la llenas de cosas y el corazón te palpita rápido y arrítmico, y sientes calor en los pómulos y te duele la garganta y respiras a la vez por la nariz y la boca pero no sueltas el aire, y sabes que el suelo está más bajo y tú más alto, igual que el techo con la lámpara que nunca te gustó y llamas al teléfono de información horaria pero allí nadie se ocupa del tiempo, de momento, y te pones los zapatos abrochados hiriendo tus dedos indices sentado en una cama fría y cuentas hasta siete o menos, visualizas la puerta y el pomo y el color y el tacto a madera recien barnizada y coges de nuevo aire por la nariz y la boca a la vez, y la curva, cerrada, exageradamente cerrada ha terminado.

28 jun 2010

Km 151

El demonio existe. Ahora está a mi lado, perdido en la noche, como yo, en el arcén de la carretera, caminando a una buena marcha, lanzando su vaho al cielo estrellado, jadeante, pisando el asfalto helado, frío al que no está acostumbrado, temblando como un niño, soñando con el fuego del infierno, con el calor mundano. Nadie le invitó a venir conmigo, no me hacen falta demonios de los que estar pendiente. ¿Qué te asusta Lucifer? ¿la soledad? ¿la noche? ¿el frío? ¿el hombre perdido? ¿ya no te interesan las putas, ni los asesinos, ni los banqueros, ni los vendedores de mayonesa en mal estado? El mal que tu representas es clásico y aburrido, quién podría venderte su alma si se consigue más con un billete de la loto o especulando con un par de pisos. ¿Qué te queda, demonio?
Entonces, aquel demonio me sujeto del hombro, paramos nuestro camino y apenado dijo: me queda rezar, rezar.

Se arrodilló y comenzó a orar en voz muy baja y seca:

Creo en un solo Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros los hombres, bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato,
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo bautismo
para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.

22 jun 2010

Km 131

A partir de aquí sólo voy a narrar lo que suceda en los kilómetros que sean capicúa. En éste, por ejemplo, encuentro tirado en el suelo un trozo de papel blanco que dice Southern Bank, la marca de tinta ha desaparecido borrada por el tiempo y queda un: tírame a una papelera.

18 jun 2010

Km 112

¿Hay algo más extraño que una máquina tragaperras en mitad de la nada? Me acerqué y pude ver como las luces se apagaban y encendían sin parar de manera intermitente e irregular. Busqué detrás y un cable salía hacia el interior de un oscuro descampado de altas hierbas. Lo seguí durante quinientos metros, me cansé de seguirlo y volví. Un hombre delgado de un metro ochenta y unos setenta años con gorro blanco de ala, como los que llevan los ganaderos en el norte de Guatemala, introducía una moneda en la ranura. Su camisa desabrochada dejaba ver su vello canoso en el pecho. Su barba de días le daba un aspecto aún mayor. Sus pies descalzos y negros de la suciedad del suelo se movían al ritmo de la música de la máquina recreativa. Le observé durante un buen rato. No obtuvo ninguna recompensa. Rebuscaba en su bolsillo para conseguir alguna moneda más. Pero lo único que sacó fue una pequeña armónica. Se inclinó hasta ponerse de rodillas frente a la máquina y sopló haciendo sonar “for ever young” de Alphaville. El tema duró unos cinco minutos muy largos y melancólicos: estuve a punto de emocionarme y soltar una lágrima pero pude reprimirme justo a tiempo. Cómo cuando en el cine lloras a oscuras con el final de una película y procuras no dejar ni rastro de las lágrimas antes de que enciendan las luces y todos te vean.
El delgado anciano se inclino y guardo su armónica. Pisé una rama y se volvió tranquilo con el crujido, me miró y levantó su sombrero para saludar, yo también levanté mi mano saludando como si estuviera delante de un extraterrestre. Continúo mi camino, levanta una botella de tequila y brinda al aire con los ojos vidriosos y enrojecidos por pequeños derrames. Siento ganas de volver corriendo hacia mi abuelo ludópata y decirle, aunque sea un espectro, que nunca me olvidé de él como le prometí, mientras moría sólo, que es como mueren todos los que mueren, en su cama del hospital. Ahora si, creo que voy a llorar.

15 jun 2010

Km 101

El sonido queda en el aire, flotando, y viaja con el. Creo que es el momento de dictar un mensaje en voz alta a mi madre para que le llegue con el viento.
Querida madre: no pienses que no has hecho todo lo que tenías que hacer por mi y te lo agradezco, mucho. Por eso, empiezo con querida madre, porque eres querida. Es curioso pensar que hubo un tiempo en que los dos perteneciamos al mismo cuerpo, al tuyo y quiero que se sepas que yo ya sabía quién eras tú: mi madre. Y que hiciste lo posible porque estuvieramos cómodos, tu y yo, así que esto significa que no estar contigo nada tiene que ver con el amor de un hijo hacia su madre. Y claro que me acuerdo de tí siendo mi madre y claro que me acuerdo de unos brazos que me protegían del mundo. Yo me di cuenta de todo lo que hacías por mi desde siempre, desde mi existencia. Oímos juntos el fútbol de tu marido desde la cama de matrimonio. De matrimonio. Donde reposabas por prescripción médica después de preparar la cena abundante para aquel señor que era mi padre. Pero no es un mensaje para él si no para ti: mi madre. Y nunca más los besos que me dabas contendrán tanta energía y tanta densidad y sonarán secos en la noche de un cuarto con cuna de barras desde donde observar el anochecer y el amanecer antes de salir entre tus brazos de nuevo, así que, no, no me olvido de ti.
Como bien, duermo bien, estoy bien madre.

Km 84

Treinta y siete.

Km 74

¿Cuántas hojas de árboles y plantas distintas puedo coger de aquí al km 84?

Km 73

¿Qué hora será en Bali ahora?

10 jun 2010

Km 60

Un coche pasa deslumbrándome. Marca con el intermitente derecho que va a parar justo delante de mi. Acorto mis pasos y un hombre gordo de unos sesenta años baja de la parte trasera del vehículo. Un abrigo negro le envuelve, en su mano lleva un revolver cromado, es bastante bonito. Avanza unos pasos hacia mi. Los dos nos paramos. Me pregunta:

-¿Es usted Wenceslao?

Niego con la cabeza. Vuelve a preguntar.

-¿Lo conoce?. ¿Ha oído hablar de él?

No, digo, ¿le debe dinero? ¿quiere matarle?

-Eso no es asunto suyo amigo, conteste si o no y deje de meter sus narices donde no le importa.

Me importa y mucho, porque si ese tal Wenceslao está por aquí y le debe dinero o ha hecho algo malo contra usted es justo que le vuele la cabeza. Quizá pueda darme el arma y si alguna vez lo encuentro, yo mismo le meteré un tiro en el culo de su parte.

-No creo que eso sea buena idea. Wenceslao es un tipo peligroso, estúpido, pero peligroso. Y usted es una buena persona, tiene cara de buena persona, de vivir en un barrio de buenas personas. Y además nunca reconocería a Wenceslao. ¿me entiende? ¿me ha entendido, amigo?

Cierro mis ojos y escucho como se cierra la puerta del coche y se marcha de allí. Cuando los abro una luciernaga se ha posado delante, en el pié, pensaba que estaban extinguidas en esta zona.

Km 56

Ahora voy rápido con ganas de llegar, de terminar, pronto se me pasará. A veces ocurre en estás situaciones de soledad interminable. Unas ganas locas de acabar con este tipo de situaciones que se apoderán de tu cabeza y el cerebro te dice basta, es duro aguantar, entonces me agacho y protejo mi cabeza entre mis brazos y mis piernas. Nadie me puede ayudar. Ya pasó. Pasará. Es siempre lo mismo. Cuento despacio y me pregunto dónde voy a estar mejor qué en ningún lado. Hoy debe ser el cumpleaños de alguien que conozco, si, de mi hija. Es verdad, de mi pequeña hija, tenía tres años cuando comencé a caminar. Hoy cumplirá cuatro o quizá cien. La luna se camufla tras unas nubes pasajeras que la vuelven a dejar desnuda en cuestión de segundos.

9 jun 2010

Km 53

Una langosta enorme está aplastada en el asfalto. Es increíblemente grande. Mide como la palma de mi mano.

8 jun 2010

Km 44

Huele a neumático quemado pero no veo humo por ningún lado. Quizá alguien esté calentándose. Uno de esos vagabundos de las películas americanas con gabardina de una talle grande, roída y sucia, con un un jersey sobre otro jersey y las manos con guantes de lana con los dedos al aire y una botella de licor en una bolsa de papel pardo reciclado para que los niños no vean lo que está bebiendo y el ejemplo no cunda en las nuevas generaciones y todos sientan unas ganas tremendas de beber y acaben calentándose en una hoguera de neumáticos pestilentes junto a una carretera comarcal viendo pasar un tipo como yo parado en el arcén, levantando la nariz y oliendo como una hiena para descubrir de donde viene el perfume de rueda quemada. Creo que viene de detrás de ese pequeño montículo. Continúo caminando.

7 jun 2010

Km 40

Los pies se hinchan con el paso de las horas. Canto “Angie” muy bajito, muy bajito. Imperceptible. El aire se mueve lento y caliente.

26 may 2010

KM 31

Toser en una noche fría es expulsar vaho por la boca como una chimenea. Nadie puede imaginar lo fácil que es recorrer largas distancias cuando no dependes de nadie, ni de nada, te asomas al final del recorrido y ves más recorrido porque ese, es el final y pensar que es otro el que te espera es engañarse ingenuamente. Por eso, cuando avanzas, lo haces sin ansiedad, sabiendo que no llegas a ningún lado, sin prisa por llegar porque nunca se llega a ninguna parte como final, si no como principio de cada nuevo recorrido. Así que, piensas que esto no terminará nunca, ni el km un millón trescientos venticinco mil cuatrocientos setenta y dos. Me doy cuenta que en mi mano llevo una bandera azul con un círculo rojo en el centro, no hay viento pero se agita con el movimiento de mi cuerpo sobre el asfalto. Cada cierto tiempo la levanto como si quisiera acercarla a las estrellas y removerlas de lugar, sin embargo cuando soy consciente del trapo con palo que llevo en mi mano durante estos últimos kms, me doy cuenta de que sólo me ha producido ampollas en la palma de la mano, es hora, pienso, de abandonarla en un lugar seguro, quién sabe si volveré a pasar por aquí algún día, de pronto, a unos metros, veo un viejo marino con una linterna al borde de la carretera. Cuando me acerco sube la intensidad de la luz y me deslumbra apuntándome a la cara. Me adelanto a sus inquietudes y le digo que soy viajero caminante con bandera azul y círculo rojo en el centro. Baja su linterna y hace el saludo fascista, estirando su brazo con la palma de la mano, quizá la bandera le recuerde alguna insignia de la segunda guerra mundial. Me paro frente a él y descubro una cara cortada por el sol y el viento del mar, con una barba espesa, desarreglada y un ojo con un pequeño derrame. Le hago entrega de la bandera, que coge agradecido, y susurra un: me cago en el comunismo opresor de los pueblos hambrientos y manipulador de analfabetos inventores del bonzo que arde, lo repite un par de veces más, como una letanía, como una oración sabida y aprendidad hace muchos años. En el cuello veo que un tatuaje de una ballena camufla su vena hinchada por la rabia contenida, de su bolsillo saca una botella de ron. Dale un trago muchacho, dice y verás si tengo o no razón, está noche será larga y necesitarás fuerzas para tu camino somnoliento y abandonado de amigos que te vanaglorien al oído y canten como Shirley Temple en el mago de Oz.
Le doy un abrazo. Mientras me alejo veo como ilumina la bandera con su linterna. Camino hacia de espaldas, manteniendo el equilibrio, mirando fijamente el punto de luz que señala la bandera hasta perderlo de vista. Adiós. Entonces hago lo que hasta ahora no había sentido, grito, grito proyectando mi voz hacia donde creo que todavía está: ¡gracias!

24 may 2010

KM 26

¿Qué hace aquí, en plena noche, abandonada, una máquina de videojuegos como las de los años ochenta? ¿No es subrealista? Llego a ella y me sitúo por el lado de la pantalla, es el juego de las moscas, matar marcianos, matar. ¿Cómo puede funcionar? Sigo el cable del enchufe que acaba sobre un arbusto, colgando, con las clavijas al aire.

22 may 2010

KM 18

Hay un coche en la cuneta. Sus luces traseras lucen intermitentes y naranjas. Una pick-up con capota impermeable que cubre la parte trasera con una lona beige. Me acerco despacio aminorando mi marcha continua y monótona.
No hay nadie dentro. El cenicero está lleno de colillas y las ventanillas bajadas. Las llaves están puestas. Una foto de un perro pastor con unas ovejas merinas está colocada en el parasol del acompañante, justo al lado hay otra foto de una casa de madera semi abandonada con dos alturas y las contraventanas cerradas, con la maleza salvaje alrededor y una mujer de unos cuarenta con gorro de lana y pijama sonriente desde la puerta de entrada y en el tejado alguien disfrado de oso gigante de peluche con un globo rojo en la mano y un rifle en el otro que apoya su pie sobre un cubo de latón del cual chorrea leche y cae al suelo por uno de los laterales de la casa. Abajo el perro pastor de la foto anterior lame la leche derramada. Semi-enterrada en el suelo la portada de un disco de Dolly Parton, debe ser de los primeros por el aspecto de ella. La luz del porche de entrada está encendida y algunas polillas y mariposas vuelan alrededor de la bombilla y del cable pelado que sujeta el casquillo. Delante un gran tronco con un hacha clavada en el tapa parte de los pies descalzos de la mujer, negros de la tierra y el barro, por detrás asoma una pequeña ardilla con mirada fija y asustadiza a la cámara. En el otro lado la pick-up lejana, aparcada entre dos árboles de gran tamaño con las luces intermitentes encendidas y conmigo asomándome por la ventanilla.
Continúo mi camino. Las nubes se mueven deprisa camufladas en el cielo oscuro. Un coche me da las largas y me pasa veloz. Un gran oso de peluche lo conduce. Una mujer en pijama con gorro de lana sentada en el lugar del copiloto me lanza un beso.
Mi mano se agita diciendo adios, espero que me vean desde el espejo retrovisor, no me gusta quedar mal con nadie.

21 may 2010

KM 11

Un transformador eléctrico con la puerta llena de pintadas: Zorra. Esta se lee bien, las otras son ininteligibles. La chapa oxidada de la puerta se camufla con el suelo de tierra humeda y marrón.¿será la puerta al infierno? O aún peor, ¿la salida?. Llamo con los nudillos un par de veces y entonces imagino que alguien responde ¿quién es? Una voz de mujer de avanzada edad repite la frase ante mi mutismo. No pienso contestar solo quiero saber si puede vivir alguien ahí dentro. Pero la mujer insiste ¿quién es? Yo, termino diciendo. O mejor, nadie. ¡Nadie! La mujer hace una larga pausa y finalmente contesta a mi respuesta: muy bien, hijo. Y entonces comienza a silbar, como si estuviera pegada a la puerta, parece que es el “sexual healing” de Marvin Gaye. Pronto se suman un coro de palmas y voces negras a capella que completan la canción. No hay duda, es el infierno.
¿Está usted bien?, pregunto. ¿Necesita ayuda? Los transformadores de carretera son extraños entes arquitectónicos de los que cabe esperar cualquier cosa.

20 may 2010

KM 5

Benedicto XVI está besando el suelo a escasos metros de mi. Arrodillado viste de blanco impecable. Se da cuenta de que voy caminando hacia él. Sobresaltado se levanta y comienza a correr hacia el interior del bosque que decora la parte derecha de la carretera. Le grito. ¡Hey, sé quién es!. ¿Eres? ¿Estoy cerca de Roma? le pregunto gritando. Vamos, estoy solo, ¿no hay nadie más aquí?. Los ruidos de los arbustos agitados suenan cada vez más lejanos. Ahora ya no suenan.

19 may 2010

KM 3

Es media noche en el arcén izquierdo de esta recta sin fin. Pienso en lo que habrá al final. Camino sin darle muchas vueltas con la vista puesta en Marte luminoso. Una lata que parece de fanta de naranja está aplastada delante de mi próxima pisada. Camino pensando que no estoy cansado, me concentro, respiro por la nariz, quizá haya caminado un kilómetro quizá menos. Hay un hombre joven de unos 30 años sentado en el suelo con los pies apoyados sobre la línea contínua, su portátil está abierto y encendido, sentado en el suelo intenta una y otra vez abrir un archivo corrupto, cuando me acerco me mira y sonríe, sus gafas redondas como las de Lennon tienen una de las lentes, la izquierda, rota, no sé qué hace allí, él piensa lo mismo al verme de pie iluminado por la pantalla de lcd de la computadora, hace frío y me quedo un rato observando como teclea sin pausas, de pronto balbucea algo así como: punto bin. No entiendo lo que dice, no sé lo que dice, debe de ser importante porque vuelve a repetir eso de punto bin. Le falta un diente, de arriba, es uno de los caninos, y juraría que es un actor conocido, puede ser Edward Norton, sí, siempre fue un tipo raro. Decido ofrecerle un puro, saco mi estuche de la bolsa y le ofrezco un Cohiba, lo coge, desesperado, como un hambriento con un croasant, muerde y escupe la parte trasera del cigarro habano, le doy fuego. ¿Crees que soy Edward Norton, verdad? me dice mientras enciendo su puro y aspira para darle incandescencia ¿hacia dónde vas? le pregunto, creo que pronto te quedarás sin batería en el portátil y entonces ¿qué harás? Aspira el humo del puro, saboreando el aroma, lo suelta sobre Marte, impregna el asfalto de tabaco, y contesta a mi última pregunta: morir.

Comienzo a caminar y dejo atrás a Edward Norton fumando. Hace frío. O lo tengo yo. Las señales de tráfico son más grandes de lo que parecen desde el coche. Acabo de cruzarme con una de prohibido adelantar. Es impresionante. Redonda y roja. Un avispero seco cuelga detrás. De esa parte que no se ve. Que nunca se ve. Las celdas de las avispas son perfectas, milimétricas, clónicas, ¿quién les enseñó a hacerlas? ordenadas, perfectas. Pero, ¿para qué tanto trabajo? los pájaros, por ejemplo, van colocando en sus nidos lo que van encontrando por ahí, simplemente. Alguien podría pensar que ellas fueron las primeras en habitar Egipto y construir pirámides. Nefertiti fue avispa. La reina de las avispas.
Acelero el paso. Lo siento así. No hay un porqué.
Parece que no hay grillos esta noche. Es mejor, es imposible concentrarse con los grillos.

18 may 2010

KM 2

Una mujer de aspecto nórdico desnuda su cuerpo en una curva. Cuando llego a su altura sólo tiene puestas unas enormes gafas de sol con una patilla pegada con cinta adhesiva. Su melena rubia no se mueve con el viento. Está pegada a ella. A su cara. A su nuca.

-Estaba esperándote, dice y sonríe.
-¿Dónde está tu sexo? No lo veo, le digo
-No puedes verlo.

Así que, me arrodillo, frente a ella. Alta, en pie. Con mi frente pegada a su pubis. ¿dónde está tu sexo? De pronto, su melena rubia se torna gris y sus ojos se inundan de lágrimas. Llora. Llora aún más. Aún más. Hay algo que me tiene que contar sobre nosotros, somos, hemos sido en algún momento enemigos en una cama desconocida o quizá, simplemente, ella fuera una cajera de uno de esos supermercados donde eliges la fila por intuición y quizá nunca la escogí. ¿Rencor?

17 may 2010

KM 1

Veo una estrella fugaz sobre la carretera en la noche, en el arcén. De frente un camión me deslumbra y hace sonar su claxon. Puedo observar el color desgastado de mis clásicas pelotas Camper rojas y el cordón de la zapatilla izquierda desabrochado. Soy más alto después de esta situación. Quizá 10 cm si no más. Las urracas cambian de rama.
Bienvenido a. El cartel de la ciudad está invitándome a no entrar y continúo en dirección contraria a mi último destino. Avanzo hasta el último cruce que dejé atrás y allí está el mismo ramo de flores seco, atado con cuerda de plástico sucia por el polvo del paisaje. Silbo "you can´t always get what you want". ¿Alguien sabe qué hacer en noche cerrada para no tropezar?