¿Hay algo más extraño que una máquina tragaperras en mitad de la nada? Me acerqué y pude ver como las luces se apagaban y encendían sin parar de manera intermitente e irregular. Busqué detrás y un cable salía hacia el interior de un oscuro descampado de altas hierbas. Lo seguí durante quinientos metros, me cansé de seguirlo y volví. Un hombre delgado de un metro ochenta y unos setenta años con gorro blanco de ala, como los que llevan los ganaderos en el norte de Guatemala, introducía una moneda en la ranura. Su camisa desabrochada dejaba ver su vello canoso en el pecho. Su barba de días le daba un aspecto aún mayor. Sus pies descalzos y negros de la suciedad del suelo se movían al ritmo de la música de la máquina recreativa. Le observé durante un buen rato. No obtuvo ninguna recompensa. Rebuscaba en su bolsillo para conseguir alguna moneda más. Pero lo único que sacó fue una pequeña armónica. Se inclinó hasta ponerse de rodillas frente a la máquina y sopló haciendo sonar “for ever young” de Alphaville. El tema duró unos cinco minutos muy largos y melancólicos: estuve a punto de emocionarme y soltar una lágrima pero pude reprimirme justo a tiempo. Cómo cuando en el cine lloras a oscuras con el final de una película y procuras no dejar ni rastro de las lágrimas antes de que enciendan las luces y todos te vean.
El delgado anciano se inclino y guardo su armónica. Pisé una rama y se volvió tranquilo con el crujido, me miró y levantó su sombrero para saludar, yo también levanté mi mano saludando como si estuviera delante de un extraterrestre. Continúo mi camino, levanta una botella de tequila y brinda al aire con los ojos vidriosos y enrojecidos por pequeños derrames. Siento ganas de volver corriendo hacia mi abuelo ludópata y decirle, aunque sea un espectro, que nunca me olvidé de él como le prometí, mientras moría sólo, que es como mueren todos los que mueren, en su cama del hospital. Ahora si, creo que voy a llorar.
El delgado anciano se inclino y guardo su armónica. Pisé una rama y se volvió tranquilo con el crujido, me miró y levantó su sombrero para saludar, yo también levanté mi mano saludando como si estuviera delante de un extraterrestre. Continúo mi camino, levanta una botella de tequila y brinda al aire con los ojos vidriosos y enrojecidos por pequeños derrames. Siento ganas de volver corriendo hacia mi abuelo ludópata y decirle, aunque sea un espectro, que nunca me olvidé de él como le prometí, mientras moría sólo, que es como mueren todos los que mueren, en su cama del hospital. Ahora si, creo que voy a llorar.
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