Pensar es un ejercicio ingrato cuando no hay un control sobre él, cuando los pensamientos positivos dejan paso a los negativos y caminas solo por el arcén y piensas en todo lo que quedó detrás y se apilan sobre el hipotálamo cantidades enormes de jeroglíficos complejos de cómo hubiera sido tu vida si no o si sí, nunca es el momento bueno para recordar, pero el recuerdo llega, se desenvuelve ante los hombres de cerebro vulnerable y entonces me agacho y recojo un palo largo y lo utilizo como un bastón de apoyo que guía, no mis pasos, si no mi cabeza, que se siente acompañada y descargada de un peso injusto que no me interesa almacenar y que pensé que había abandonado en algún vertedero y es que, a estas alturas nadie sabe aún por qué camino en la noche sin destino aparente, guiado por estrellas borrosas entre las nubes y asfalto aterciopelado en negro, contrastado, sin iluminación suficiente más que con luna llena y faros de coche y literna de mano. Los extraños son bienvenidos en un momento en el soy el más extraño de los seres que caminan por el sendero de las carreteras comarcales a media noche muy larga y con pocas posibilidades de amanecer.
Y delante, justo, en este momento de reflexión noctámbula, aparece un insecto que creía extinguido, la luciernaga, con una luz potente, trasera y que hace saltar esta vez los recuerdos de mi infancia con un bote de cristal lleno de luces de mágicos seres encerrados para mi capricho y observación y como recompensa de aventurero infantil en un campamento de verano rodeado de niños dormidos, miedosos, soñadores de noches cortas y días largos, niños con hermanos mayores o pequeños que cuidan de si mismos y cuentan en voz baja los días para volver a casa con su madre ausente, discretamente, entre la valentía de los demás y las caminatas entre bosques de druidas y curiosos zorros olisqueadores. Recuerdo una jabalina volar por el cielo calido del verano hasta clavarse en una cabeza adolescente, un adios sangrante, una preocupación inconsciente, un sueño pesadilla del que aquel muchacho pálido herido nunca se despertó hasta diez años después, con la jeringuilla impregnada en heroína, clavada en sus venas vírgenes.
Los pensamientos son así, personales, inconexos, imcomprensibles para el tipo que toma el sol en el espacio de al lado, sobre la arena de la playa, bajo la sombrilla. Mientras, aburrido te observa con sus gafas de sol, pero brotan, como en un manantial en el que con los dedos revuelves el fondo y el agua en segundos se aclara limpia y cristalina como si nada la hubiese enturbiado, ninguna huella queda de toda aquella intervención sobre la naturaleza.
Me descalzo y sujeto las zapatillas con mi mano derecha por la parte del empeine. El suelo está caliente pero suave un saltamontes aterriza sobre mi pie y se mantiene en equilibrio unos veinte metros, vuelve a saltar y desaparece.
Y delante, justo, en este momento de reflexión noctámbula, aparece un insecto que creía extinguido, la luciernaga, con una luz potente, trasera y que hace saltar esta vez los recuerdos de mi infancia con un bote de cristal lleno de luces de mágicos seres encerrados para mi capricho y observación y como recompensa de aventurero infantil en un campamento de verano rodeado de niños dormidos, miedosos, soñadores de noches cortas y días largos, niños con hermanos mayores o pequeños que cuidan de si mismos y cuentan en voz baja los días para volver a casa con su madre ausente, discretamente, entre la valentía de los demás y las caminatas entre bosques de druidas y curiosos zorros olisqueadores. Recuerdo una jabalina volar por el cielo calido del verano hasta clavarse en una cabeza adolescente, un adios sangrante, una preocupación inconsciente, un sueño pesadilla del que aquel muchacho pálido herido nunca se despertó hasta diez años después, con la jeringuilla impregnada en heroína, clavada en sus venas vírgenes.
Los pensamientos son así, personales, inconexos, imcomprensibles para el tipo que toma el sol en el espacio de al lado, sobre la arena de la playa, bajo la sombrilla. Mientras, aburrido te observa con sus gafas de sol, pero brotan, como en un manantial en el que con los dedos revuelves el fondo y el agua en segundos se aclara limpia y cristalina como si nada la hubiese enturbiado, ninguna huella queda de toda aquella intervención sobre la naturaleza.
Me descalzo y sujeto las zapatillas con mi mano derecha por la parte del empeine. El suelo está caliente pero suave un saltamontes aterriza sobre mi pie y se mantiene en equilibrio unos veinte metros, vuelve a saltar y desaparece.
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