13 sept 2010

Km 191

¿Dónde pretendo llegar con todo esto? Un ángel del infierno revisa en la cuneta su Harley con las luces de emergencia puestas. Me acerco silvando para que sepa que me acerco, en la noche es peligroso sorprender a los que van y vienen por estas carreteras comarcales, quizá tenga una pistola, se vuelva asustado y dispare o quizá huya de algo, de la policía o del detective que le puso su padre millonario para indagar sobre su vida. Su piel es blanca como la leche bajo su camiseta negra sin mangas y su chaleco vaquero negro de grasa envejecida. El halcón de la espalda tiene dos caras una con el pico abierto, la otra con el pico cerrado y cabeza agachada mirando el suelo, sumiso y unido irremediablemente al mismo cuerpo agresivo con ganas de pelea y de pregonar la gallardía y el dominio de la especie sobre las otras especies.
El motero se dió la vuelta una decima de segundo simplemente y observó mi llegada tranquilo y casi ignorando mi presencia. La luz de su linterna decubría un pelo largo, sucio, repleto de canas que continuaban en la cara, en la barba desarreglada y paraba en las entradas calvas que avecinaban el fin de una melena completa al viento.

-¿Eres Larry, el de strawberry field for ever?

Su pregunta me dejó descolocado, cortado, insociable, autista, perdido en la noche, tímido, pequeño hombrecito, devuelto sobre mis pasos, pensativo, reflexivo. Su pregunta me hizo parar y mirar sobre su espalda el halcón de doble cabeza. Me temo que yo era el pollo cabizbajo.

-No, no soy Larry.

Lanzó, sin darme tiempo a acabar la frase un:
-vaya

¿Tienes algún problema amigo? Contesté

-Si, mi moto, creo que tendré que abandonarla por unos días en este lugar y pensé que un viejo conocido vendría a buscarme en su Electra Glide del 65.

-Pues lo siento, no soy Larry, y no puedo llevarte a ningún lado. Pero sé algo de mecánica y quizá pueda ayudarte.

-No acostumbro a dejarla en manos desconocidas pero…

Me acerque a la moto, con la mano en el corazón, como gesto de paz, de ser un buen hombre en una noche confusa y espesa. Un fuerte olor a cuero y combustible llenaba aquel espacio. La toque por el guardabarros trasero hasta llegar al depósito. Despacio. Como si fuera un caballo salvaje. Extendí mi mano para saludar a aquel tipo y descubrí que tras sus gafas de cristal naranja había unos ojos ciegos, sellados, aquel motero era ciego, ciego, no veía, nada. El sabía que le observaba, le analizaba, estudiaba su tez arrugada, viajada, golpeada por el viento de los kilómetros. Pronto descubrí las llaves en el suelo, cerca de sus botas roñosas, me agaché y las introduje en la ranura de encendido. El rugido del motor despertando en plena noche. El eco retumba en los alrededores.

-eran las llaves, sentencié
-vaya, dijo él.

Buscó mi respiración y se dirigió de nuevo a mi.

-¿Quiere que le lleve?
-No, yo camino, gracias.

Subido en la moto aceleró hasta perderse en la recta infinita de aquel tramo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario